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“La palabra del poeta siempre ilumina alguna zona que tenemos descuidada”

Graciela Cros, voz imprescindible de la literatura patagónica, protagoniza esta nueva entrega del Ciclo Somos. La exquisita escritora barilochense acaba de publicar “Piensa en retamas”, obra con la que cierra su trilogía de diarios. Charlamos sobre esa aventura y la apuesta de editar desde este sur -lo bello, lo desafiante de la tarea. Otros momentos significativos de su prolífica trayectoria también retornan a propósito de esta conversación: talleres literarios, el trabajo fundacional del FER, las experiencias como antóloga… el vivir en un constante crear, tejer redes y resistir desde la poesía.

Fecha: 7 de julio de 2026
Epígrafe: Graciela Cros, imprescindible poeta barilochenseCrédito: Alfredo Chino Leiva (Gentileza Graciela Cros).

Por Sebastián Carapezza

Toco el timbre en la casa de Graciela. La calle en la que estoy tiene el nombre de uno de sus libros. Se abre el portón y saluda desde la puerta. Entro al living en el que transcurrirá esta entrevista. Me sirve un café que finalmente nunca tomo. Abrimos la charla –como sucede casi siempre- hablando del clima, de la nieve que no llega, de sus hijas y nietos, de la idea de pasar las temporadas invernales en latitudes más cálidas para nuestros huesos. “Es que llevo una larga vida escribiendo y espero poder tener salud para seguir. Es lo que más deseo y lo que más tiempo me lleva”, confiesa esta imprescindible poeta barilochense, cuyo reconocimiento ha pasado esa frontera hasta el horizonte y más allá.

Un delicioso sol de junio entra por la ventana y me acaricia la espalda. Algo parecido le ocurre a su gata con nombre de persona que me disputa el lugar en la punta de la mesada de madera. Miro alrededor y mi retina solo descubre libros. Muchos. Toneladas se atiborran en los colmados estantes que parecen a punto de sucumbir; otros piden a gritos un nuevo estante porque comienzan a desparramarse por todos lados. Una casa llena de obras, tan diferentes como los aromas de este otoño, cobija el encuentro.

Está difícil vivir, pero siempre hay estrategias y una va buscando, haciendo el ensayo, prueba y error… Es que está buenísimo estar vivos, vivir plenamente, aunque a veces el afuera esté horrible, como ahora”, sintetiza para iniciar la charla. Y es claro que no se refiere solo al clima. 

Cuando llegó desde Buenos Aires a la cordillera, ya había publicado “Pecado de juventud”, obra seleccionada en un concurso literario y que suele quedar un poco al costado en el extenso recuento de los libros que le seguirían ya desde este paisaje.

- Vivís en Bariloche desde inicios de los 70s; aquí creaste casi toda tu obra poética. ¿Qué  significa la Patagonia para vos?

- La Patagonia, y Bariloche en particular, son mi verdadero país… porque considero que vivimos en otro país en relación al centro de poder, que definitivamente está en Buenos Aires. Conozco cantidades de poetas de distintos puntos del mal llamado “interior”, que se van a la capital porque en sus lugares de residencia hay una faceta de reconocimiento que nunca llega. Yo he sido afortunada porque además de poder publicar, fui, por ejemplo, jurado de concursos como el Premio Storni de Poesía, en el que era muy exótico e inusual que haya una patagónica. Es decir, no me puedo quejar del reconocimiento que tiene mi trabajo, pero veo en la región muchísima gente significativa para la poesía que no lo tiene. 
A lo largo del tiempo, hemos trabajado mucho con el concepto de “periferia”, sosteniendo que ese es nuestro centro. Siempre somos periferia de alguna otra cosa; incluso aquellos que viven en Buenos Aires lo son. Pero en cuanto a la difusión, claramente aquí corremos con desventaja. Dentro de la misma Patagonia, es muy difícil que nuestros libros circulen; es difícil que mis libros lleguen a Neuquén, sin ir más lejos. Y no hace falta mencionar que resulta casi un milagro que los medios de capital hagan reseñas de poetas del “interior”. 
También por eso, considerando que en la zona tenemos editoriales patagónicas e independientes, por una cuestión ideológica dejé de editar en Buenos Aires. Allí publiqué, entre 2004 y 2010, “Libro de Boock”; “La cuna de Newton” y “Mansilla”. Y podría seguir haciéndolo, pero al vivir aquí decidí publicar desde la región. Ahora estoy trabajando con una editorial de San Martín de los Andes, “Las Guachas”.
Lo que sucede es que cada libro tiene un alto costo, entonces para muchos escritores es muy difícil poder publicar. Y, como decía, luchamos con la distribución, porque para las editoriales más pequeñas es complejo gestionar esa tarea que requiere una maquinaria y estructura importante. Entonces nuestras obras son llevadas en mano a cada encuentro, a cada colega, y las entregamos como si fueran una tarjeta de presentación.

- ¿Creés que existe una literatura “patagónica”? 

- Creo que hay una libertad expresiva extraordinaria. El entorno natural y el paisaje se filtran en la obra pero no creo que la literatura sea puro paisaje, como una reacción de pintoresquismo. No necesito plantar un coirón en el poema para que sea patagónico. Es patagónico porque ese es mi lugar de enunciación. No obstante, ese coirón, que es muy poderoso, aparece siempre de alguna manera… A la vez, puedo leer a Raúl Mansilla, de Neuquén, y pensar que es mexicano o que escribe desde Nueva York.
Por otro lado, creo que hay algo particular entre los poetas de la Patagonia, vasos comunicantes que tenemos entre nosotros, cosa no existe en otras regiones o ciudades más grandes. Mis poetas amigos de la urbe me dicen que allá son cinco mil capillas literarias. Pero al haber tanta oferta, convocan a una actividad y van muy pocas personas, porque a esa misma hora se hacen otras tantas presentaciones. Aquí hay más apapacho, mayor cercanía afectiva… A esta altura de mi vida, los poetas de la Patagonia que me gustan, son amigos, están dentro de mi mundo afectivo y eso es algo extraordinario cuando ocurre. 
A propósito, en “Regreso a las invernadas” dedico cada poema a alguna de esas personas. Recuerdo que me emocioné mucho cuando el FER publicó esa obra… En algún momento, cuando una entra en esta “alta ancianidad” -a la que espero todavía no haber llegado-, comienza a hacer balances. Y resulta que yo trabajé muchos años en el FER y nunca había publicado allí, quizás porque dejaba lugar a otra gente. Sin dudas me gustaba la idea y me conmovió, también, porque el libro salió precioso. 

“Regreso a las invernadas” (Premio Convocatoria 2021)

- ¿Cuáles son los recuerdos más significativos del trabajo en aquella etapa fundacional del FER? 

- Estuve desde los inicios hasta el ‘89; fui parte de la comisión técnica del jurado de aquella etapa.  Estaba todo aún por hacer y había un entusiasmo fabuloso para llevarlo adelante y que funcionara. Trabajábamos muchísimo y muy seriamente porque sabíamos que estábamos iniciando algo que iba a perdurar, o al menos teníamos esa ilusión.
Era un jurado maravilloso integrado por Juana Porro, Clara Vouillat, y yo como referente de la zona cordillerana. Las tres fuimos elegidas en una asamblea multitudinaria de algo que se llamaba Federación Rionegrina de Escritores, mismas siglas que el FER.  En esa asamblea, por proclamación y a mano alzada, eligieron a sus tres representantes. También estaban en el equipo Yolanda Garrafa y Norman Tornini, quien fue un Secretario de Cultura extraordinario, muy cercano a los artistas y creadores. Creo que fue un momento histórico muy angelado para la literatura patagónica en general. 
Recuerdo que en esos tiempos viajaba dos veces al año en el tren, de Bariloche hasta Viedma, para las reuniones del jurado. Previamente, a cada una nos llegaban las copias de los escritos, ¡eran en unas cajas gigantes que traía el correo a nuestras casas! Un gran trabajo, muy artesanal y muy apasionante. Al poco tiempo veíamos publicar los libros y eso nos producía una gran felicidad… en contraposición a la indiferencia dolorosa del estado para con los escritores y artistas en general que existe en la actualidad. Por supuesto que hay islas, como el FER, que continúa con su labor desde hace muchos años. Sin dudas podría ayudar que los autores de aquí tengan más apoyo del estado, porque si bien existen otras instituciones como el Fondo Nacional de las Artes, no alcanza...

- También fuiste compiladora de la antología “Transversal” publicada por el FER, una de las primeras obras en la provincia que reúne específicamente poesía de mujeres y disidencias. ¿Cómo se gestó y qué encontraste en ese conjunto?

-Fue un proyecto del entonces director del FER. Me propuso hacer esa antología en una época donde estábamos con un feminismo muy explícito y me pareció muy interesante la idea… Hasta ese momento, Raúl Artola había publicado en el FER dos tomos de poetas de Río Negro que incluía a hombres y mujeres, es decir, no había una obra exclusiva de mujeres, y mucho menos con la cantidad que se incluyeron: ¡36 poetas!
Recuerdo que investigué durante meses y meses. En el proceso hice consultas en cada región y ciudad de Río Negro; hablé con muchas y muchos escritores indagando sobre las poetas que identificaban y valoraban, porque muchas veces quienes escribimos no somos los indicados para seleccionar nuestra propia obra, y quizás la perspectiva de otro colega facilita las cosas.  
Fue un trabajo arduo que hice sola pero escuchando a la comunidad poética de la provincia, en un extenso ida y vuelta. La compilación me llevó más de un año completo, siendo muy obsesiva - cuando me involucro en un proyecto, estoy solo en eso-, y quedé satisfecha porque pudimos incluir poetas mujeres y disidencias que en algunos casos estaban apartadas del mundo literario, y esos rescates me parecen importantes.
Como ocurre con todas las antologías, pasa el tiempo y vas descubriendo voces que quedaron afuera. Por ejemplo, no hubo poetas de pueblos originarios, porque hasta ese momento yo no conocía ninguna y no surgió la referencia en el proceso. Calculo que ese es el destino de todas las obras de ese tipo. 

Tener un amigo poeta salva el día.

“En el mundo Cros conviven cosas y personas, y se producen hechos. Es una zona donde destella, se crispa, se resuelve, lo dicho y lo no dicho, y lo que es necesario volver a decir.  No hay oscuridad que la poesía de Cros no pueda atravesar, con una luz nueva sobre las cosas y los hechos”, detalla Juan Carlos Moisés en el prólogo de uno de los libros de Graciela, aura identitaria válida y extensiva a toda su obra. Indago sobre ese universo en la producción de estos últimos años.

- ¿Cómo definirías el espíritu de la trilogía que estás por cerrar cuando “Piensa en retamas“ salga de imprenta?

Me inspiré mucho en el libro “La edad de la franqueza”, obra que me enloqueció como idea. La autora, P. D. James, establece la edad de la franqueza a los 77 años. Esta trilogía la empecé a escribir a esa edad, tomando aquella referencia que me pareció todo un desafío… 
En mi último diario, el que está en imprenta, lo cito al Indio (Solari) cuando dice “yo ya no puedo cumplir hazañas que prometí”, porque en un punto sentía que el proyecto me excedía… Sin embargo, finalmente decidí encarar el reto y estoy a punto de culminarlo: “El trébol africano“ y “Un amor imposible“ ya están publicados, y “Piensa en retamas“ saldrá pronto.
El espíritu de las tres obras es el de una suerte de taller y conversación conmigo cada día, partiendo de una arbitrariedad, cosa que me gusta y mucho cuando se da en la literatura. En este caso la arbitrariedad es que escribo el diario del 12 de mayo al 14 de agosto. Porque sí… Cuando comencé con estos libros la única guía que tenía clara era escribir la fecha y abajo lo que surgiera. Y así fue. Me descubrí a mí misma como si fuera una escritora por encargo, algo que nunca había hecho en mi vida. 
Mientras escribía recordé una película llamada “Cigarros”, en la que el protagonista saca una foto enfocando el mismo lugar y con el mismo ángulo durante 20 años. A primera vista parece que nada cambia, pero hay permanentes modificaciones. Algo así sucede en esas obras: podría ser la misma persona que hace un año, pero no; indefectiblemente cambié y cada año soy distinta a la que escribió el año pasado. 
A su vez, doy un mapa de lecturas, obras que me sirvieron, me enseñaron y guiaron en mi vida. Y cuento anécdotas algo graciosas… Mis amigos, cuando lo leyeron, me dijeron que por momentos tienen la impresión de estar conversando conmigo.

- ¿Qué objetivos editoriales tenes a mediano plazo? 

- Ahora estoy con las mejores expectativas esperando la salida de ese tercer diario. Quiero ver qué me ocurre cuando tenga la trilogía cerrada, un desafío loco que me insumió tres años y me sirvió para ponerme en la escritura diaria… Suele suceder que cada vez que finalizamos un trabajo, se siente realmente un puerperio, nos agarra un bajón, parece que quedamos vacías, sin objetivos. Es así…
Tengo algunos proyectos en gateras para después de la presentación. Atesoro unos textos que dejé un poco de lado este tiempo, básicamente porque lo que decía: escribir un libro requiere de muchas correcciones, corregir lleva más tiempo que escribir…
Por otro lado, sigo leyendo, lo que sin dudas es otra manera de escribir… 

Presentación de “Regreso a las invernadas” en Viedma (2023)

 

- ¿Qué importancia tienen los talleres de escritura?

- Sin dudas son extraordinarios espacios de aprendizaje tanto para quien coordina como para quien participa. Personalmente, tomé talleres con dos escritores de Buenos Aires a principios de los años 80… recuerdo que fueron organizados a través de un convenio entre el área de Cultura de la Nación y el municipio. Después investigué, leí mucha bibliografía, y comencé a dar talleres de literatura con Luisa Peluffo cuando se inauguró la Escuela de Arte La Llave, aquí en Bariloche. Nos dividíamos los cursos e intercambiábamos en cada cuatrimestre. Luego continué en otros espacios, contando también mi propia casa. 
Creo que el taller es una fuente de energía inagotable para quien quiere escribir porque acorta el camino: lo que a mí me llevó 20 años descubrir, el coordinador del taller puede brindártelo en un mes. Por otro lado, sirve para socializar el texto. Hay que desenamorarse y desprenderse siempre de “ese hijito precioso tan perfecto que pariste”, y aguantar que te lo critiquen. Desenamorarse, en definitiva, es una extraordinaria y necesaria tarea para hacer el trabajo de corrección. Porque escribir es corregir. No hay vueltas. Si no corregís, no escribís. Y también escribir es leer. Sobre esto último, algunos escritores han dicho que no leen a otros poetas para no “contaminarse”. ¡Hay que ser muy atrevido para decir eso! Bueno, el taller rompe esas cosas… 
En particular, en estos últimos años me di el lujo de coordinar talleres con poetas con obras publicadas. El último que hicimos se llamó “El cielo protector” y tuvo participación de personas de varias ciudades y también surgieron varios libros de esa experiencia… muchos escritores que estuvieron en él me dedican sus libros;  creo que fue un espacio que tuvo la función que dice su título. 
En síntesis, ser parte de talleres es una experiencia enriquecedora que recomiendo absolutamente. Es lícito que utilices la escritura como herramienta catártica, terapéutica… siempre recordando que la palabra es, en todos los casos, comunicación. 

- ¿Qué consejos o sugerencias les dejarías a las nuevas generaciones?

Creo fervientemente que no hay que sentarse a esperar a que caiga la inspiración. Hay que formarse, estudiar, leer. Hay que entrenar el ojo para que se vuelva crítico y llegar a un punto que permita distinguir la buena literatura de la literatura barata. Con la buena literatura se forman los escritores y poetas. Por eso recomiendo hacer talleres en los que quien coordine tenga la generosidad de trasladar su experiencia, eso ayuda muchísimo.
A mí me gustan los libros de papel, pero hay que leer en cualquier soporte. No importa que sea horticultura o filosofía, siempre ayuda a construir nuestra capacidad expresiva. Y además, siempre están las bibliotecas populares que en la actualidad tienen un rol fundamental y un material extraordinario. Los libros tienen que ser un elemento de uso cotidiano. 

- Sostenés que “tener un amigo poeta salva el día”. Justifique y fundamente.

- Comenzar el día leyendo un poema es algo terapéutico, saludable, sanador, como lo quieras llamar. En Facebook por ejemplo, todavía sigo conectada porque cuelgo poemas. Es como un servicio a la comunidad, una prestación matutina para quien quiera leer. En definitiva, creo que la poesía es una herramienta extraordinaria para vivir, en cuanto a autoconocimiento, compañía y sabiduría. La palabra del poeta siempre ilumina alguna zona que tenemos descuidada o a oscuras. 
Sostengo que tener amigos poetas salva el día porque es mi experiencia personal. Cada vez que veo que otros poetas postean algo, siento que me están nutriendo, me están orientando, ayudando a recorrer el día y a saltar esas vicisitudes estúpidas de lo cotidiano que nos llevan tanta energía. Leer un poema restaura a tu yo más profundo e íntimo.
Sin dudas que escribir en la vertiginosa cotidianidad moderna, es una lucha que requiere tener una gran pasión para poder sostenerla. Sin ir más lejos, yo escribí estos últimos tres años consecutivos para hacer la trilogía de diarios y quedé agotada. 
Hay escritores que tienen una metodología propia a la hora de escribir. No es mi caso. Soy anárquica, y como decía Juan Carlos Onetti, uno de mis narradores favoritos, “tengo una relación de amante con la literatura. Voy cuando me siento apasionado”. Estoy en esa línea. No soy oficinista. Trabajé muchísimos años en ese rubro para ganarme la vida, porque la poesía no me daba de comer. Tal vez por eso tenga una conducta reactiva y no quiera ser una poeta de oficina, con horarios fijos. 

Mirada que traduce en la cordillera de interrogantes del poema que abre el libro “Regreso a las invernadas”, y en el que bajo el  título “El debe y el haber”, (nos) pregunta: 

¿Qué va primero?
¿La vida o la poesía? 

¿Qué atenta contra la poesía?
¿Las distracciones, la pereza? 
¿La ausencia de voluntad?

La falta de confianza, de imaginación,
¿la cobardía? 

¿Hasta cuándo se es poeta? 

Si se agota la pila hay recarga. 
La poesía vuelve después de un bloqueo. 
Si lo hace
es
porque quiere
o vuelve porque la determinación se esfuerza 
y lo consigue. 

¿Ella volvería?

Preguntas que se lleva el viento patagónico, y traerá de regreso, quién sabe, en formas de prosas y versos que todavía necesitamos oír.

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Fotos: Gentileza Graciela Cros y archivo FER.
Ciclo Somos │ Coordinación, edición: María Eugenia Aliani - Entrevista: Sebastián Carapezza

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